Argentinidad en tiempo continuo: de la euforia colectiva a la construcción cotidiana
A más de una semana de culminado el Mundial, siguen los ecos, estamos en la cola del cometa todavía. Veo dos fenómenos que coexisten en simultáneo: la anti argentinidad, a nivel internacional, y la argentinidad, ese fuego, esa pasión, esa identidad que se encendió durante 30 días pero que sigue de diversas maneras.
La Copa terminó, pero deseamos, anhelamos que ese espíritu, esa efervescencia que encendió una llama interna, de la mano de una disciplina llamada fútbol, que nos unió, que tapó la grieta con sangre y coraje criollos, continúe, no solo en el deporte, sino en la construcción de la Patria, de lo cotidiano.
Maldita grieta que separa a los argentinos, que los hace enfrentar, agredirse, chicanear en las redes sociales con discursos prestados de los generadores de odio. ¿Qué tal si decidimos parar con esto, y, a pesar de las diferencias, porque no todos pensamos lo mismo, ni somos del mismo palo, nos unirnos con una meta igual, la grandeza de nuestro país?, desde las diversas confluencias y corrientes de las que venimos, ya por tradición familiar, por apego o decisión personal.
Estamos viviendo una campaña anti Argentina sin precedentes en el plano internacional, que ya hemos abordado desde este periódico. Pero también hay un rejuvenecimiento del concepto de patria, que comenzó allá en las gradas de los estadios, con esa bandera que desafió las reglas de la FIFA a favor de Malvinas, que unió generaciones de argentinos, los que fueron a la guerra, los que vivieron en la época de la guerra, y estas generaciones que oyeron contar acerca de la guerra, los milenials, los cristal.
Tomaron la causa como suya y oyeron el rugido de un león, así como Adonis Creed oyó el rugido de su padre Apollo en la lona del cuadrilátero, tirado, destrozado, y con el árbitro contándole los segundos. Adonis oyó ese llamado interior, se levantó y ganó la pelea, y de la misma manera, los argentinos queremos levantarnos y mantener esa llama viva y construir a partir de lo cotidiano un país con excelencia, la envidia de los países libres y soberanos del mundo que responden: “…”al gran pueblo argentino, ¡salud!”
Hoy vemos la bandera de Malvinas (hecha con un trapo y un aerosol, que evadió los más sofisticados mecanismos de seguridad del mundial, una auténtica avivada criolla…), en las presentaciones de todos los partidos de Primera división, un contagio colectivo, una causa nacional. Y si seguimos así, la vamos a ver en otros ámbitos también, creo que ya está comenzando a suceder, es un germen que ojalá se traslade a la política, la educación, y los diversos estadios de las instituciones democráticas. Y no me refiero a ver colgada la bandera de Malvinas, sino al concepto argentinidad como fuego sagrado.
Hay fechas que quedan marcadas a fuego en la memoria de un pueblo, no solo por lo que sucedió en la cancha, sino por lo que nos pasó por dentro. El Mundial no fue únicamente un evento futbolístico; fue un espejo masivo donde nos miramos y nos reconocimos en nuestra mejor versión. Vimos lo que ocurre cuando la pasión se une con la disciplina, cuando el talento individual se pone al servicio de un bien común y cuando miles de voces cantan al unísono, sin importar de dónde vienen.
El verdadero peligro de las grandes alegrías colectivas es la tentación de tratarlas como un paréntesis. Pensar que esa unión fue un espejismo de un mes, una fiesta con fecha de caducidad tras la cual debemos regresar indefectiblemente al desencanto, a la grieta y a la rutina del "país inviable". Pero, ¿y si elegimos que no sea un paréntesis? ¿Y si decidimos que esa energía no se detenga?
Ser argentino después del Mundial no puede significar guardar las banderas hasta el próximo torneo. Significa entender de qué estamos hechos cuando nos abrazamos en la victoria. La argentinidad que descubrimos en la calle —solidaria, resiliente, apasionada y profundamente orgullosa— no era una ficción: era real. Estaba ahí, palpitando, esperando una excusa para salir.
Que continúe. Que la mística del "todos juntos" no sea solo el recuerdo de un partido, sino la norma con la que encaramos el trabajo cotidiano, el barrio, la educación y el futuro. Ser más argentinos que nunca implica defender lo nuestro con la misma convicción con la que alentamos desde el primer minuto hasta el último del suplementario: sin bajar los brazos, aun cuando el partido se ponga cuesta arriba.
Seamos la envidia de los países libres, que vivamos “coronados de gloria”, y que juremos con gloria morir por esta causa. No necesariamente de forma literal, sino que simbólicamente vivamos de continuo construyendo desde lo cotidiano una patria mejor, digna de nuestros hijos y nietos.
No dejemos que la inercia apague el fuego. Llevemos esa camiseta puesta en la actitud de todos los días. Porque si algo nos enseñó esa gloria, es que cuando nos creemos capaces y caminamos hacia el mismo lado, no hay distancia ni gigante en el mundo que nos pueda detener.
Marcelo Finuchi
Jefe de Redaccion
Periódico Enfoque 360º
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